Este recorrido explora cómo las sucesivas civilizaciones que habitaron Andalucía transformaron su entorno natural, modelando los paisajes y determinando el destino de numerosas especies. Descubriremos la profunda e inseparable relación entre el ser humano y la naturaleza en el sur de la península ibérica.

Presencia Humana y Megafauna en el Pleistoceno Superior
El registro fósil del Pleistoceno Superior en la Península Ibérica se ha visto recientemente enriquecido con un descubrimiento de primer orden. En 2020, en la playa de Matalascañas (Huelva), fue documentado un yacimiento de icnitas (huellas fósiles) impresas en arcillas costeras, datado en aproximadamente 106.000 años antes del presente (Mayoral et al. 2021). Este hallazgo excepcional proporciona una «instantánea» paleoecológica de un ecosistema costero durante el último periodo interglaciar.
La asociación de fauna identificada a partir de las huellas es notable por su diversidad y por incluir a los principales componentes de la megafauna del Pleistoceno. El más abundante fue el elefante de colmillos rectos (Palaeoloxodon antiquus), un megaherbívoro característico de ambientes forestales y húmedos. Junto a él, se atestigua la presencia del uro (Bos primigenius), ancestro del ganado vacuno moderno, así como de ciervos (Cervus elaphus), jabalíes (Sus scrofa) y, significativamente, de grandes carnívoros como el lobo (Canis lupus) y un gran félido, posiblemente un leopardo (Panthera pardus) (Mayoral et al. 2021).
El aspecto más relevante de este yacimiento es la identificación de huellas atribuidas a neandertales (o a sus antecesores del Pleistoceno Medio). La datación por luminiscencia ópticamente estimulada realizada por el equipo investigador determinó que las huellas tienen aproximadamente 295.000 años de antigüedad (Mayoral et al. 2022). Este dato es crucial, pues sitúa este registro en el Pleistoceno Medio y convierte a las icnitas de Matalascañas en una de las evidencias más antiguas de la presencia del linaje neandertal en Europa peninsular, enriqueciendo sustancialmente el registro fósil de la región, bien conocido en yacimientos andaluces como la Cueva de la Carigüela (Granada).
La concentración de huellas de herbívoros y carnívoros en un área restringida sugiere que este lugar era un punto de abrevadero y recursos en los márgenes de una antigua laguna o zona encharcada (Mayoral et al. 2021). Este paisaje, hoy sumergido en parte bajo el litoral, ofrecía agua y alimento, atrayendo a la megafauna y, con ella, a los primeros grupos de Homo que habitaban el territorio, quienes probablemente aprovechaban estas concentraciones de fauna para la caza o el carroñeo.
BIBLIOGRAFÍA ⏺ Mayoral, E., et al. (2021). Trackways of the oldest known hominin in Europe: the Matalascañas footprints (SW Spain). Quaternary Science Reviews, 269, 107145. ⏺ Mayoral, E., et al. (2022). New dating of the Matalascañas footprints provides new evidence of the Middle Pleistocene (MIS 9-8) hominin paleoecology in southern Europe. Sci Rep 12, 17505
Estudios palinológicos: evolución natural de la vegetación
La reconstrucción de la historia de la vegetación en el sur de España se basa en el análisis de registros polínicos procedentes de diversos archivos naturales, principalmente lagunas endorreicas, medios húmedos costeros y espeleotemas. A pesar de la escasez de turberas naturales en esta región mediterránea, investigaciones en enclaves clave como la Laguna de Medina (Cádiz), Padul (Granada) y sondeos marinos del Golfo de Cádiz han permitido establecer una secuencia detallada de las transformaciones de la vegetación durante los últimos 30.000 años (Carrión et al. 2020; Anderson et al. 2011).
Durante el Último Máximo Glacial (26.000-19.000 años BP)
Los registros de la Laguna de Medina y otros enclaves revelan un paisaje dominado por estepas frías con Artemisia y Chenopodiaceae. La presencia continua, aunque minoritaria, de polen de Pinus y Juniperus sugiere que estas coníferas pudieron persistir en refugios topográficos favorables, como vaguadas húmedas o laderas abrigadas (Carrión 2002).
El Tardiglaciar (14.000-11.700 años BP)
… mantuvo bosques de Pinus nigra/sylvestris adaptados al frío, pero el calentamiento posterior permitió la expansión de Quercus caducifolios (Q. robur, Q. pyrenaica), más exigentes en humedad y temperaturas suaves (Fletcher et al., 2007).
El Holoceno Temprano (11.700-8.000 años BP)
… marcó el avance crucial de los Quercus perennifolios (Q. ilex, Q. coccifera) y Olea, especies adaptadas a la sequía estival (López-Sáez et al. 2007), constituyéndose en claros marcadores del proceso de mediterraneización del clima en el sur de la península ibérica.
El Holoceno Medio (8.000-4.000 años BP)
El máximo desarrollo forestal ocurrió durante el Holoceno Medio cuando se alcanzaron los valores más altos de Quercus, predominantemente perennifolios (Q. ilex, Q. suber), que formaban el dosel principal del bosque mediterráneo. La presencia simultánea de Abies pinsapo y Corylus avellana en los registros es sumamente reveladora: indica un mosaico de bosques complejo donde coexistían enclaves de humedad con la matriz general de encinar, reflejando un Óptimo Climático Holoceno con suficiente humedad para sostener estos reductos mesófilos.
El impacto antrópico se hizo evidente desde el Neolítico (4.000-2.500 años BP), cuando los registros polínicos muestran el primer declive significativo de Quercus junto al aumento de Plantago lanceolata y cereales (Gil-Romera et al. 2010).
La vegetación mediterránea —encinas, acebuches, lentiscos— se originaron y diversificaron durante el Mioceno, hace entre 15 y 5 millones de años, mucho antes de que comenzaran los ciclos glaciares del Pleistoceno. Durante las fases más frías y áridas, estas plantas no desaparecieron de la península, sino que persistieron en refugios localizados, sobre todo áreas costeras. Los registros polínicos del Holoceno no revelan, por tanto, la aparición de estas especies, sino su notable capacidad de expansión.
En paralelo, se ha conservado un tipo de vegetación aún más antigua: la laurisilva, una formación forestal relictual de origen terciario que sobrevive como testigo de los climas subtropicales que dominaron la región antes incluso de la consolidación del clima mediterráneo. Este bosque húmedo de hoja ancha ha perdurado en enclaves excepcionales del Estrecho de Gibraltar, donde predomina una elevada humedad ambiental de origen marino y temperaturas suaves.
BIBLIOGRAFÍA ⏺ Carrión, J.S., et al. (2020). Earth-Science Reviews. ⏺ Anderson, R.S., et al. (2011). Review of Palaeobotany and Palynology. ⏺ Carrión, J.S. (2002). Journal of Biogeography. ⏺ Fletcher, W.J., et al. (2007). Quaternary Science Reviews. ⏺ López-Sáez, J.A., et al. (2007). Journal of Archaeological Science. ⏺ Gil-Romera, G., et al. (2010). The Holocene.
El Refugio Glacial de los Neandertales
Durante los periodos glaciares del Pleistoceno, mientras gran parte de Europa permanecía cubierta por el hielo y la tundra, el sur de la Península Ibérica, y en particular Andalucía, actuó como un refugio glacial decisivo para las poblaciones humanas y la biodiversidad, albergando el «banco genético» de numerosas especies arbóreas europeas actuales (Carrión et al., 2008).
El registro directo de este poblamiento temprano ha dado un giro fundamental con el descubrimiento de las huellas fósiles de Matalascañas (Huelva). Datadas en aproximadamente 295.000 años de antigüedad, estas icnitas documentan el paso de homínidos del linaje neandertal e interacciones en un ecosistema costero del Pleistoceno Medio (Mayoral et al., 2022). Siglos después, durante el Pleistoceno Superior, la costa andaluza se consolidó como uno de los últimos bastiones de los neandertales en Europa, cuya presencia continuada se documenta hasta hace unos 27.000 años (Jennings et al., 2011). Paralelamente a esta larga ocupación neandertal, la llegada de los humanos modernos (Homo sapiens) a la región se sitúa, según el registro arqueológico tradicional, hace aproximadamente 35.000 años desde el norte peninsular.
El legado de estas poblaciones incluye las abundantes pinturas rupestres del «Arte Sureño», como las de la Cueva de la Pileta (Málaga). Estas manifestaciones artísticas representan una fauna diversa que incluye caballos (Equus ferus), bisontes (Bison priscus), ciervos (Cervus elaphus) y aves como la avutarda (Otis tarda) y, posiblemente, el ibis eremita (Geronticus eremita), este último documentado en restos óseos (Villa et al. 2021). Los humanos prehistóricos coexistieron con una impresionante megafauna depredadora, que incluía cánidos como el lobo (Canis lupus) y el cuón (Cuon alpinus); félidos como el león de las cavernas (Panthera spelaea), el leopardo (Panthera pardus), el lince ibérico (Lynx pardinus) y la hiena de las cavernas (Crocuta crocuta); y úrsidos como el oso pardo (Ursus arctos) y el extinto oso de cara corta (Arctodus simus) (Rodríguez-Vidal et al. 2014).
— Grazing Ecology and Forest History — F.W.M Vera «La visión tradicional de una Europa posglacial cubierta por un bosque cerrado y continuo es incorrecta. Propongo que el paisaje era un ‘bosque-pradera’ abierto, un mosaico de parches de bosque, matorrales y pastizales. Este paisaje no fue creado por el hombre, sino que fue mantenido por los grandes herbívoros silvestres »
El paisaje que habitaban distaba de ser un bosque cerrado. Como postula la hipótesis de Vera (2000), el paisaje predominante era un «bosque-pradera» abierto, un mosaico dinámico de parches de bosque, matorrales y pastizales mantenido por la actividad de los grandes herbívoros. En las llanuras andaluzas, este papel correspondía a manadas de megaherbívoros como el uro (Bos primigenius) y el bisonte estepario (Bison priscus), cuyo pastoreo y ramoneo impedían la sucesión hacia bosques densos (Vera 2000). Por el contrario, las sierras actuaban como refugios de bosques más cerrados, hábitat de especies como el corzo (Capreolus capreolus) y el jabalí (Sus scrofa).
La Gran Transformación Neolítica: El Reemplazo del Paisaje Megafaunístico.
El tránsito a la Antigüedad estuvo marcado por la Revolución Neolítica, un proceso de cambios entrelazados que alteró irrevocablemente el paisaje. La caza intensiva, unida a la competencia con el ganado doméstico, condujo a la extinción local de los megaherbívoros (uro, bisonte) (REF). Paralelamente, la adopción de la vida sedentaria, la agricultura y la ganadería provocaron una transformación profunda y la substitución de las manadas de herbívoros silvestres por los rebaños domesticados. Los bosques primarios fueron talados de forma sistemática para crear pastos y campos de cultivo, iniciando una modificación antrópica del territorio a una escala sin precedentes (Lillios 2019). El paisaje, antaño modelado por los grandes herbívoros salvajes, fue progresivamente reemplazado por un paisaje gestionado activamente por el ser humano mediante el fuego, el hacha y el arado.
BIBLIOGRAFÍA ⏺ Carrión, J. S., et al. (2008). Glacial refugia and the phylogeography of Iberian trees. Journal of Biogeography, 35(6), 1023-1025. ⏺ Jennings, R., et al. (2011). The chronology of the Late Pleistocene Neanderthal occupation of Iberia. Quaternary International, 247(1), 1-7. ⏺ Lillios, K. T. (2019). The Archaeology of the Iberian Peninsula: From the Paleolithic to the Bronze Age. Cambridge University Press. ⏺ Mayoral, E., et al. (2021). Trackways of the oldest known hominin in Europe: the Matalascañas footprints (SW Spain). Quaternary Science Reviews, 269, 107145. ⏺ Rodríguez-Vidal, J., et al. (2014). A rock engraving made by Neanderthals in Gibraltar. Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(37), 13301-13306. ⏺ Vera, F. W. M. (2000). Grazing Ecology and Forest History. CABI Publishing. ⏺ Villa, P., et al. (2021). The avifauna of the Upper Pleistocene sites of the Iberian Peninsula: A review. Quaternary International, 595, 133-145.
La Edad de los Metales y el Surgimiento de Tartessos
Durante la Edad del Cobre (Calcolítico), se intensificó la explotación de los recursos minerales de Sierra Morena, iniciando una transformación significativa del paisaje a través de la deforestación y la creación de las primeras infraestructuras mineras a cielo abierto (Nocete et al. 2005). Los asentamientos, como el emblemático yacimiento de Valencina de la Concepción (Sevilla), se ubicaban en colinas estratégicas que dominaban visualmente la Depresión del Guadalquivir, controlando las rutas de comunicación y los recursos (García Sanjuán et al. 2017). Esta riqueza mineral explica la atracción constante que ejerció Andalucía sobre las civilizaciones posteriores, desde íberos y celtas hasta los colonizadores fenicios y griegos.
Fruto de este contacto, especialmente con los fenicios, surgió la cultura tartésica durante el Bronce Final (siglos IX-VIII a.C.). Como señalan las fuentes clásicas y confirman los hallazgos arqueológicos, Tartessos fue, fundamentalmente, una civilización fluvial y costera. Su economía se basaba en una compleja combinación de agricultura, ganadería, pesca, minería y, sobre todo, un lucrativo comercio de metales (plata y cobre) con los fenicios (Celestino & López-Ruiz 2016). La ubicación de su capital principal sigue siendo uno de los grandes enigmas de la arqueología, aunque las investigaciones recientes en Doñana, que han identificado estructuras bajo las marismas, apuntan a que pudo situarse en la antigua desembocadura del Guadalquivir, entonces un gran lago litoral conocido como Lacus Ligustinus.
— Historias (Libro I, 163) — Heródoto «… navegaron hasta Tartessos, y llegaron a ese mercado, que en aquel tiempo era virgen (o inexplorado); por ello, a su regreso, obtuvieron tal beneficio por su cargamento que, entre todos los hombres de los que tenemos noticia cierta, fueron los que más ganancias obtuvieron »
La Lucha por Hispania: Cartago y Roma. La pujanza económica de la región atrajo la atención de las grandes potencias del Mediterráneo occidental. Durante la antigüedad, Cartago, de origen fenicio, extendió su hegemonía sobre el sur y levante de la Península Ibérica, estableciendo bases como Carthago Nova (Cartagena). Sin embargo, su rivalidad con la República Romana desencadenó las Guerras Púnicas (siglos III-II a.C.). Tras la derrota y destrucción final de Cartago, Roma consolidó su dominio en un proceso de conquista que duró dos siglos, dando lugar a la provincia de Hispania. La integración de Andalucía (la Bética) en el Imperio Romano marcaría el inicio de una nueva y profunda transformación de su paisaje y economía.
BIBLIOGRAFÍA ⏺ Celestino, S., & López-Ruiz, C. (2016). Tartessos and the Phoenicians in Iberia. Oxford University Press. ⏺ García Sanjuán, L., et al. (2017). The Copper Age settlement of Valencina de la Concepción (Seville, Spain): A review. Trabajos de Prehistoria, 74(2), 211-231. ⏺ Nocete, F., et al. (2005). The earliest metallurgy in the Iberian Peninsula: The settlement of Las Pilas (Mojácar, Almería, Spain). Antiquity, 79(306), 909-923.

La Triada Mediterránea Romana
La provincia bética (del nombre del río Baetis), cuya capital es Corduba, era una de las provincias más ricas del Imperio Romano: granero, minas de metales preciosos, fuente casi exclusiva del «garum» (alimento de lujo a base de pescado) y aceite de oliva. La región era tan prestigiosa que produjo cuatro de los emperadores más influyentes en la historia del Imperio: Trajano, Adriano, Marco Aurelio y Teodosio.
La riqueza mineral y agrícola de Andalucía alcanzó su primer gran esplendor bajo Roma. La Bética se convirtió en el granero y olivar del Imperio. El cultivo del olivo se expandió de forma masiva creando el paisaje emblemático que hoy conocemos. Los romanos convirtieron el valle del Guadalquivir en el mayor productor de aceite del Imperio, como lo atestiguan los millones de ánforas del Monte Testaccio en Roma. Igualmente implantaron el cultivo extensivo de los cereales (trigo, cebada) y la vid en grandes propiedades («latifundia»), sin olvidar las leguminosas (lenteja, guisante) y el lino. Para el transporte del aceite y otros productos, el río Baetis (Guadalquivir) era una ruta fluvial, transitado durante siglos por barcazas que a menudo eran remolcadas desde los caminos de sirga de sus orillas. Esta intensa actividad humana redujo drásticamente el bosque de ribera original, sustituyéndolo por una franja de vegetación muy antropizada.
Los romanos introdujeron estratégicamente dos «árboles-pan» en la península ibérica, adaptando cada especie al tipo de suelo donde mejor crecía. El castaño (Castanea sativa) se plantó en las sierras húmedas de suelos ácidos mientras el nogal (Juglans regia) se extendió por las vegas y valles de suelos básicos,
— Naturalis Historia, 9, 85-86 — Plinio relata la historia fantástica del Pulpo Ladrón «En Carteia, un pulpo tenía la costumbre de salir del mar y entrar en las piletas donde se curaba el pescado, devorando las salazones. La molestia que causaba era tan grande que los perros guardianes lo descubrieron una noche y alertaron con sus ladridos a los vigilantes. El pulpo, sorprendido, huyó… Fue encontrado al día siguiente escondido en su guarida, con los tentáculos destrozados por los perros »
El naturalista romano Plinio el Viejo, en su Historia Natural, elogió la fertilidad de la Bética y describió sus recursos, desde los minerales de Sierra Morena hasta los pescados de sus costas. Su obra es un testimonio crucial de la percepción romana de la naturaleza andaluza como una fuente de riqueza a explotar. Esta explotación tuvo un impacto geológico: la sedimentación acelerada por la agricultura y la minería romanas contribuyó decisivamente a colmatar por completo el antiguo Lacus Ligustinus, la gran marisma litoral, transformándola en las marismas actuales y en tierras de labranza.

Al-Ándalus: ocho siglos de agro-ecología
La desintegración del poder romano en Hispania, marcada por las invasiones germánicas (vándalos en 409 d.C. y el establecimiento del reino visigodo con capital en Toledo), fue un preludio de una transformación cultural y ecológica más profunda. En el año 711, la batalla del Guadalete abrió las puertas a la conquista del reino visigodo por contingentes árabes y bereberes, dando inicio a Al-Ándalus. Esta civilización, que perduró ocho siglos, estructuró su historia en cuatro fases principales: la conquista por parte de las tropas sirias del Califato Omeya seguida del emirato independiente, el Califato de Qurtuba (Córdoba) (su cénit), los Reinos de Taifas y los periodos de dominio almorávide y almohade, culminando con el Reino Nazarí de Granada y dos siglos de resistencia en «La Frontera» (García Sanjuán, 2013) .
La impronta andalusí en el paisaje fue quizás su legado más perdurable. Se produjo una revolución agroecológica basada en la perfección de la hidráulica y la introducción de especies. Desarrollaron un sofisticado sistema de regadío mediante acequias, norias y aljibes, creando las huertas («al-munya») que aún caracterizan las vegas de Granada y Córdoba (Trillo San José, 2004). Introdujeron cultivos transformadores como los cítricos (naranjo amargo, Citrus × aurantium), el arroz, el algodón, la alcachofa, la berenjena y la morera para la sericultura, diversificando la economía y la dieta (Carabaza, 2004). Este saber se codificó en tratados agrícolas como el de Ibn al-Awwam y en obras botánicas pioneras como la Umdat al-tabīb (siglo XI), considerada la primera flora de Al-Ándalus (García Sánchez, 2007).
Ibn Said al-Maghribi «Y sus casas eran como el Paraíso: con sombra, verdor, jardines y arroyos »
Los jardines, como los del Generalife, eran el epítome de este paraíso creado, donde el agua, la geometría y las especies aromáticas y frutales buscaban recrear el jardín del Edén coránico. Bajo la sombra de palmeras (Phoenix dactylifera) y cipreses (Cupressus sempervirens), se despliega el jardín andalusí, un fresco oasis enmarcado por setos de arrayán (Myrtus communis) entre los que emergen los granados (Punica granatum) y los esenciales naranjos amargos (Citrus × aurantium). Desde sus ramas, el azahar se funde con el perfume del jazmín (Jasminum officinale) y la madreselva (Lonicera periclymenum), creando una sinfonía aromática que define el alma de este patio-jardín (Ruggles, 2008).
La fauna también se vio enriquecida con introducciones desde el norte de África. La gineta (Genetta genetta) y el meloncillo (Herpestes ichneumon) fueron muy probablemente introducidos, el primero como animal de compañía para el control de roedores y el segundo, quizás, con un valor simbólico o para el mismo fin (Morales, 1994). Aunque una leyenda popular atribuye a los andalusíes la introducción del rabilargo (Cyanopica cooki), los estudios genéticos indican que su presencia en la península es un relicto de una distribución paleártica más amplia (Fok et al., 2002).
El cultivo de la cochinilla del Quercus (Kermes vermilio) alcanzó su máximo esplendor entre los siglos XIII y XVI, durante el periodo andalusí y los primeros siglos de la España cristiana. Esta industria textil, heredada de la tradición tintorera romana y perfeccionada por los musulmanes, se mantuvo como monopolio mediterráneo hasta la llegada de la cochinilla americana que acabó desplazándola por completo en el siglo XVII. Kermes vermilio era el colorante rojo más valioso de Europa. Se cultivaba en los encinares andaluces, donde se recolectaba meticulosamente de la coscoja (Quercus coccifera). La escala del trabajo era descomunal: para producir un solo kilo de pigmento se necesitaba recolectar manualmente alrededor de 50.000 insectos, lo que convertía este proceso en uno de los sistemas agroforestales más complejos de su tiempo.
BIBLIOGRAFÍA ⏺ Carabaza, J. M. (2004). Los recursos vegetales en al-Andalus. En E. García Sánchez (Ed.), Ciencias de la Naturaleza en al-Andalus. CSIC. ⏺ Fok, K. W., et al. (2002). Genomic and morphological analysis of the Iberian magpie (Cyanopica cooki) and its relationship with the Asiatic magpie (Cyanopica cyanus). Journal of Zoological Systematics and Evolutionary Research, 40(3), 135-142. ⏺ García Sánchez, E. (2007). The `Umdat al-tabīb: A preliminary study of a Hispano-Muslim botanical dictionary*. Suhayl, 7, 67-86. ⏺ García Sanjuán, A. (2013). La conquista islámica de la península ibérica y la tergiversación del pasado. Marcial Pons. ⏺ Morales, A. (1994). Arqueozoología de la Península Ibérica: Una visión histórica. Complutum, 5, 315-326. ⏺ Ruggles, D. F. (2008). Islamic Gardens and Landscapes. University of Pennsylvania Press.⏺ Trillo San José, C. (2004). Agua, tierra y hombres en al-Andalus. La dimensión agrícola del mundo nazarí. Ajbar.
Cristianos medievales: el auge del pastoreo
Las coronas de Castilla, Aragón, León y Navarra compitieron por los pequeños reinos del norte durante la floreciente era de Al-Ándalus, hasta que su unión les permitió conquistar definitivamente los territorios andalusí en una historia compleja donde las alianzas inter-religiosas no eran infrecuentes. El largo proceso de la Reconquista, culminado por los Reyes Católicos con la capitulación de Granada en 1492, consolidó un nuevo orden político y socioeconómico en Andalucía. Este año simbólico, que también vio la expulsión de los judíos, la publicación de la primera gramática castellana por Nebrija y el descubrimiento de América, marcó el fin de la Edad Media y el inicio de una profunda transformación del territorio (Ladero Quesada, 2010).
La unificación bajo la Corona de Castilla y la pacificación del territorio permitieron la expansión a escala peninsular de la ganadería trashumante, institucionalizada y protegida por la Mesta. Este sistema, vital para la economía castellana por los ingresos fiscales y la producción de lana merina, articulaba el desplazamiento de millones de ovejas entre los pastos de verano del norte y las dehesas de invernada en Extremadura y Andalucía (Ruiz Martín, 2003). Lejos de competir directamente con la agricultura intensiva de las vegas, la Mesta aprovechó predominantemente tierras marginales –campiñas altas, sierras y antiguas zonas de frontera– que habían quedado despobladas, generando no obstante conflictos por los derechos de paso y pasto en estas áreas (García Martín, 2007). Frente a esta ganadería extensiva, las huertas de regadío heredadas de al-Ándalus se conservaron e incluso potenciaron en las vegas del Guadalquivir, Genil y Segura, dada su productividad y papel crucial en el abastecimiento urbano (Trillo San José, 2004). Así, el paisaje agrario andaluz quedó configurado por una dualidad estructural: un litoral y valles fluviales de agricultura intensiva, y un interior dominado por el binomio latifundio cerealista-dehesa ganadera.
— Libro de las grandezas y cosas memorables de España (1548) — Pedro de Medina «Los pastores de las cabañas de Castilla, que se llaman los de la Mesta, son los hombres más privilegiados de España, y aun se atreven a decir que son los que dan ley al reino, porque sus negocios se tratan en uno de los tribunales de la Corte, y tienen tanta mano en él, que hacen justicia y sin justicia a su voluntad »
Este modelo tuvo una consecuencia ecológica fundamental. La Mesta actuó como un agente modelador decisivo en la configuración de los paisajes pseudoesteparios de la España interior. El ramoneo y pisoteo continuo de millones de ovejas durante siglos impidió la regeneración del bosque mediterráneo, favoreciendo un hábitat abierto de vegetación herbácea y arbustiva (Vera, 2000). Este paisaje humanizado propició, paradójicamente, la expansión de aves esteparias especializadas como la Avutarda (Otis tarda), el Sisón (Tetrax tetrax), la Ganga (Pterocles alchata), la Ortega (Pterocles orientalis) y el Aguilucho cenizo (Circus pygargus), que encontraron en estos espacios su nicho ecológico ideal (Suárez et al., 2004). La red de vías pecuarias actuó además como un corredor ecológico, facilitando la dispersión de propágulos vegetales e, incluso, de huevos de grandes branquiópodos entre humedales, enriqueciendo la base trófica de estos ecosistemas.
BIBLIOGRAFÍA ⏺ García Martín, P. (2007). La Mesta y las vías pecuarias. Una revisión histórica. Revista de Historia Agraria, 42, 77-103. ⏺ Ladero Quesada, M. F. (2010). La España de los Reyes Católicos. Alianza Editorial. ⏺ Ruiz Martín, F. (2003). La Mesta y la lana merina. Una revisión crítica. En F. Ruiz Martín & A. García Sanz (Eds.), Mesta, trashumancia y lana en la España moderna. Crítica. ⏺ Suárez, F., et al. (2004). Las aves esteparias y el manejo del hábitat agrícola. SEO/BirdLife. ⏺ Trillo San José, C. (2004). Agua, tierra y hombres en al-Andalus. La dimensión agrícola del mundo nazarí. Ajbar. ⏺ Vera, F. W. M. (2000). Grazing Ecology and Forest History. CABI Publishing.
Edad Moderna: Globalización en la Era de los Habsburgo
El espíritu de frontera y la herencia de Al-Ándalus se proyectaron hacia un nuevo escenario global con el advenimiento de la Casa de Austria. El enlace de Juana la Loca, hija de los Reyes Católicos, con Felipe el Hermoso situó a su hijo, el futuro Carlos I de España y V de Alemania, al frente de un vasto imperio donde «nunca se ponía el sol». Esta unión dinástica marcó el inicio del Imperio español de los Habsburgo y supuso la supeditación de los intereses de la nobleza castellana a una política paneuropea (Elliott, 2002). Andalucía se convirtió en el centro neurálgico de este imperio. El Guadalquivir, navegable hasta Sevilla, transformó a esta ciudad en la «puerta de las Indias», monopolizando el comercio transatlántico y acumulando una riqueza sin precedentes que financió la política imperial y el esplendor cultural del Siglo de Oro (Morales Padrón, 1989). Ciudades como Úbeda y Baeza atestiguan en su arquitectura renacentista este florecimiento económico y cultural (Navarrete Prieto, 2013). La flota española, pese a reveses como el de la Armada Invencible (1588), aseguró durante tres siglos el dominio de las rutas oceánicas. Sin embargo, el imperio sucumbió a sus propias contradicciones. La política de matrimonios consanguíneos de los Habsburgo culminó en la figura de Carlos II, cuyos graves problemas de salud, derivados de una endogamia extrema, llevaron a su muerte sin descendencia en 1700 (Alvarez et al., 2009). Esto desencadenó la Guerra de Sucesión Española (1701-1714), que resultó en la entronización de la dinastía Borbón y la pérdida de territorios europeos. En 1704, Inglaterra aprovechó el conflicto para apoderarse de Gibraltar, un estratégico enclave andaluz que aún conserva. El siglo XVIII borbónico, marcado por el Absolutismo y la Ilustración, intentó modernizar una estructura imperial en declive. Paralelamente, la preeminencia española generó una feroz campaña de desprestigio conocida como la Leyenda Negra, una propaganda difundida por potencias rivales que, sin inventar los hechos, exageró sistemáticamente la crueldad de la conquista americana y la intolerancia de la Inquisición para minar la hegemonía española (García Cárcel, 2019).
La consolidación del Imperio Español abrió una nueva era de intercambios biológicos. Desde América llegaron especies que se aclimataron e integraron profundamente en la agricultura y paisaje andaluz: el tomate, la papa (patata), el pimiento, el tabaco y el maíz.
BIBLIOGRAFÍA ⏺ Alvarez, G., et al. (2009). The role of inbreeding in the extinction of a European royal dynasty. PLoS ONE, 4(4), e5174. ⏺ Elliott, J. H. (2002). *Imperial Spain: 1469-1716*. Penguin UK. ⏺ García Cárcel, R. (2019). La Leyenda Negra: Historia y opinión. Alianza Editorial.⏺ Morales Padrón, F. (1989). Historia de Sevilla: La ciudad del Quinientos. Universidad de Sevilla. ⏺ Navarrete Prieto, B. (2013). Úbeda y Baeza: La construcción de dos ciudades renacentistas. En El Renacimiento en Andalucía. Fundación José Manuel Lara.
El descubrimiento de América en 1492 desencadenó el mayor intercambio biológico de la historia moderna, un proceso conocido como el Intercambio Colombino. Este flujo de especies transformó radicalmente la agricultura y la economía de todo el Viejo Mundo. Andalucía, como puerta de entrada de este torrente biológico, fue la primera región en integrar estas nuevas especies, que se aclimataron con notable éxito a sus condiciones mediterráneas y modificaron para siempre su paisaje y su cultura.
El Tomate (Solanum lycopersicum): Originario de la región andina, llegó a Sevilla a principios del siglo XVI. Inicialmente se cultivaba como planta ornamental. El Pimiento (Capsicum annuum): Llegado desde México y Centroamérica, revolucionó la cocina al ofrecer una alternativa picante y dulce a la carísima pimienta negra asiática. La Papa (Solanum tuberosum): Procedente de los Andes, su adopción en España fue más lenta que la del tomate, pero a la larga resultó igual de crucial, aunque se aclimató mejor en el norte de Europa. El Maíz (Zea mays): Este cereal mesoamericano se adaptó excepcionalmente bien al clima andaluz, especialmente en las zonas de regadío. Rápidamente se convirtió en un cultivo forrajero fundamental para el ganado, pero también se integró en la alimentación humana. El Tabaco (Nicotiana tabacum): Originario de Sudamérica, su cultivo se implantó con éxito en zonas de Andalucía, especialmente en la Vega de Granada y en Cádiz. La lista es mucho más larga e incluye: Alubias o Judías (Phaseolus vulgaris), Cacao (Theobroma cacao) aunque no se cultivó en España, Calabazas (Cucurbita spp.) y Girasol (Helianthus annuus).
La Quina (Cinchona officinalis): Este árbol, originario de los Andes, se convirtió en la aportación médica más crucial de América. Su corteza, que contenía quinina, el primer tratamiento efectivo contra la malaria, fue descubierta por los indígenas y adoptada por los jesuitas, quienes la introdujeron en Europa en el siglo XVII. Su importancia fue tal que se convirtió en un recurso estratégico de primer orden. Más allá de los cultivos alimenticios, la incorporación de especies americanas introdujo nuevos conceptos de uso del territorio y recursos en Andalucía.
Dos plantas originarias de México se naturalizaron por completo en las condiciones áridas del mediterráneo. Se trata del Agave o Pita (Agave americana). Su cultivo se promovió para la obtención de fibra textil (sisal) a partir de sus hojas, utilizada para cuerdas y sacos. Higo Chumbo (Opuntia ficus-indica): una cactácea mexicana que se cultivó extensivamente para la cría de cochinilla (Dactylopius coccus), un insecto del que se extrae un potente tinte carmín que fue un lucrativo producto de exportación hasta el siglo XIX. Además, sus palas (nopales) se usaron como forraje de emergencia y sus frutos («higos chumbos») se incorporaron a la dieta local.
Entre las ornamentales: Buganvilla (Bougainvillea spectabilis) – Brasil. Jacarandá (Jacaranda mimosifolia) – Argentina/Bolivia. Calla o Lirio de Agua (Zantedeschia aethiopica) – Sudáfrica (vía rutas americanas). Dalia (Dahlia spp.) – México y Petunia (Petunia spp.) – Sudamérica. Galán de Noche (Cestrum nocturnum) – América Tropical. El Ficus macrophylla y el Ficus benjamina, por ejemplo, se convirtieron en elementos emblemáticos de parques y plazas.
Florecieron pequeños jardines de aclimatación de las plantas americanas. Quedan rastros en los jardines de los monumentos históricos más famosos de Andalucía y el más importante en la actualidad: los Jardines de La Concepción en Málaga, que tienen su origen en 1855.
La introducción de animales fue más reducida, sobre todo animales de corral: Pavo (Meleagris gallopavo), Pato Criollo o Mudo (Cairina moschata), Cobaya o Conejillo de Indias (Cavia porcellus). Las introducciones pre-siglo XX de fauna silvestre americana fueron relativamente escasas comparadas con las del siglo XX.
Edad Contemporánea
El siglo XIX andaluz se inauguró con el eco de la Batalla de Trafalgar (1805), donde la alianza franco-española fue derrotada por la armada británica, cediendo el dominio marítimo que impulsaría el Imperio Británico. La posterior ocupación napoleónica desencadenó la Guerra de la Independencia (1808-1814), un conflicto que devastó el campo andaluz y tuvo como contrapunto ideológico la promulgación de la Constitución de 1812 en Cádiz, «La Pepa», texto fundacional del liberalismo español que inspiraría movimientos emancipadores americanos. La inestabilidad política posterior —guerras carlistas, el efímero experimento de la Primera República (1873-1874) y la Restauración borbónica (1875)— transformó profundamente el paisaje. La Desamortización de Mendizábal (1836-1837) privatizó y fragmentó los latifundios eclesiásticos y municipales, alterando permanentemente la estructura de la propiedad territorial y acelerando procesos de deforestación para nuevos cultivos. Paralelamente, el espacio urbano se humanizó con la creación de alamedas y paseos arbolados, donde álamos, olmos y castaños de Indias unían la herencia islámica del jardín con el concepto ilustrado de espacio público.
Paralelamente, Andalucía se convirtió en el destino por excelencia de los viajeros románticos. Autores como Washington Irving y Richard Ford, junto a pintores como John Frederick Lewis, forjaron una imagen de la región como un territorio pintoresco, exótico y anclado en el pasado. Esta mirada, que ensalzaba lo «oriental», los bandoleros y lo «salvaje», construyó una Andalucía fantaseada que, si bien impulsó un incipiente turismo cultural, a menudo ocultaba la cruda realidad social y económica de la época. Así, el siglo XIX legó a Andalucía una doble herencia: la de una lucha política por la modernidad y la de una identidad cultural moldeada por la mirada exterior.
— Voyage en Espagne (1845) — Théophile Gautier «La tierra, calcinada por un sol de fuego, no produce más que algunos matorrales polvorientos, alcaparras espinosas y palmitos aislados… Es la desolación hecha paisaje, con una grandeza triste que impresiona el alma »
Esta centuria también contempló el nacimiento de dos fenómenos culturales cruciales. Por un lado, viajeros románticos como Washington Irving y Richard Ford construyeron una imagen exoticizada de Andalucía, enfatizando su carácter «oriental» y pintoresco, que si bien estimuló un turismo incipiente, a menudo enmascaraba su compleja realidad socioeconómica. Por otro, naturalistas modernos como Edmond Boissier y Jules Pierre Rambur realizaron expediciones científicas —documentadas en obras como el «Voyage botanique dans le midi de l’Espagne»— que sentaron las bases metodológicas para el estudio de la biodiversidad andaluza, estableciendo un legado perdurable para la ciencia española.
La cabra montés (Capra pyrenaica) y las rapaces ibéricas compartieron una trágica presión durante el siglo XIX: el coleccionismo. Mientras la cabra montés fue llevada al borde de la extinción —quedando apenas un centenar de ejemplares— por cazadores que la buscaban como trofeo, el águila imperial y el buitre leonado sufrieron el expolio de sus nidos por coleccionistas, principalmente británicos, que pagaban sumas desorbitadas (hasta 20 libras, un salario mensual obrero) por un solo huevo.
Durante el siglo XIX, los gabinetes de historia natural, el retorno de las expediciones ultramarinas y el trabajo de naturalistas como Mariano de la Paz Graells (1809-1898) impulsaron la transformación del Real Gabinete de Carlos III en el actual Museo Nacional de Ciencias Naturales. Bajo la dirección de Graells (1851-1867), se consolidaron las colecciones zoológicas —con hallazgos tan emblemáticos como el descubrimiento de la mariposa Graellsia isabellae en la sierra de Guadarrama— y se integraron los fondos procedentes de las últimas grandes expediciones coloniales.





Deja una respuesta